¿Sabes lo que es un «cisne negro»? Con esta expresión nos referimos a aquellos acontecimientos que son muy raros, difíciles de predecir y que provocan un gran impacto en la historia. Como, por ejemplo, el Brexit.

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Fotografía de Tomek Nacho, en Flikr.

Han pasado ya casi seis meses desde que se celebrara el referemdum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea, lo cual nos parece un tiempo prudencial para poder reflexionar sobre el tema con algo de distancia y hacer un análisis un poco más meditado.

Al pensar en el resultado de esta consulta popular nos ha venido a la mente la teoría del cisne negro: teoría enunciada por Nassim Nicholas Taleb para explicar «el desproporcionado papel de alto impacto, difícil de predecir, y los sucesos extraños que están fuera del ámbito de las expectativas normales de la historia, la ciencia, las finanzas y la tecnología». Como ocurre con todo acontecimiento aparentemente inexplicable, los humanos tratamos de racionalizarlo siempre a posteriori.

Pensando en el Brexit, se nos ocurren tres razones por las que no deberíamos considerarlo un cisne negro sino, tal vez, gris. Puede que no sean las que tú esperas.

1. El papel de la clase política

Al día siguiente de conocerse el resultado del referéndum sobre el Brexit, los primeros análisis (tal vez precipitados) descargaban toda la culpa sobre la ciudadanía británica. Al menos, sobre la parte de la ciudadanía que votó Leave. Se les calificó de irresponsables, egoístas, racistas, xenófobos, se dijo que los ancianos habían votado sin pensar en el futuro de sus hijos y nietos, o que los británicos les habían dado una patada a sus políticos en el trasero de Europa, junto con otra serie de lindezas semejantes.

Es posible que detrás de este resultado se escondan, efectivamente, algunas motivaciones como el miedo al inmigrante, al terrorismo, a la llegada masiva de extranjeros y a volver a caer en una recesión económica que castigó duramente (como en toda Europa) a las clases más desfavorecidas. Pero seguro que no son las únicas.

Poco después comenzó a culparse al Primer Ministro, David Cameron, acusándole de irresponsable por haber convocado un referéndum de resultado imprevisible y consecuencias inesperadas. Algo así como decir que a los ciudadanos solo hay que preguntarles cuando sabes que va a salir la opción que tú quieres que salga. Toda una lección de democracia.

Nosotros echamos de menos en todos esos análisis que alguien mencionara la parte de responsabilidad que les corresponde a los políticos británicos por su comportamiento durante los últimos 40 años.

Seguro que sabes que el Reino Unido se adhirió a la Unión Europea (UE) en 1976. Desde entonces, siempre ha estado con un pie dentro y otro fuera de la Unión. Por citar solo algunos ejemplos, el Reino Unido se negó a participar en el acuerdo del espacio Schengen, que promueve la libre circulación de personas dentro de dicho espacio, y tampoco forma parte de la Unión Económica y Monetaria, razón por la que es el único país de la UE que conserva su propia divisa, la libra esterlina.

Esta especie de adhesión «parcial» ha venido auspiciada y promovida por los políticos británicos. La relación que la clase política británica han mantenido con este organismo supranacional ha sido siempre de cierta desconfianza. Parece que se hubieran adherido a la fuerza. Las manifestaciones de sus líderes políticos, en lo que respecta a la UE (de casi todos los partidos), han oscilado generalmente entre la frialdad, la desconfianza y el rechazo, pasando por el «euroescepticismo». No es de extrañar que en los últimos años hayan aparecido partidos abiertamente antieuropeos como UKIP. El propio Primer Ministro Cameron se pasó los meses previos al referéndum amenazando a la UE con forzar la salida de su país si no se negociaban nuevas condiciones más favorables, para luego pedirles poco después a sus ciudadanos que votaran Remain. Con estos antecedentes, ¿cómo puedes pedirles a tus ciudadanos que voten a favor de la permanencia? Por otro lado, hace falta tener la cara de hormigón armado para pasar los últimos 40 años criticando y desafiando a la UE siempre que resultaba electoralmente conveniente y luego echarle la culpa a la ciudadanía por querer salirse.

Teniendo esto presente, no nos parece tan raro que los británicos hayan decidido finalmente abandonar la UE. Así, al menos, dejarán de escuchar las quejas y las críticas de sus políticos hacia un organismo en el que nunca confiaron del todo.

 

2. La importancia del sector financiero

El que el Reino Unido, y particularmente la ciudad de Londres, son uno de los mayores centros financieros del mundo son hechos de sobra conocidos. El sector de los servicios financieros da trabajo a dos millones de personas en el Reino Unido y es la industria de mayor aportación al PIB del país con cerca de un 8 %.

Las finanzas internacionales, tal y como se conciben actualmente, aborrecen el exceso de regulación y buscan, por lo general, zonas de regulación o normativa «flexible», por decirlo de una forma educada. Tras la crisis financiera de los últimos años, y con la excusa de evitar un nuevo terremoto económico, la UE en colaboración con el G20 se ha esforzado por desarrollar una intensa actividad de regulación financiera y un mayor control del sector bancario. No es de extrañar que los intentos por reforzar la supervisión del sector financiero y crear un tesoro y un banco central único no hayan gustado demasiado en Londres.

No estamos sugiriendo que la salida de la UE haya sido promovida por el sector financiero, ¡Dios nos libre! Pero los datos no mienten: mientras que los partidarios de la permanencia recaudaron 7,5 millones de libras para su campaña, los partidarios de la salida consiguieron 8,2 millones, siendo uno de los mayores donantes el broker financiero Peter Hargreaves con una aportación individual de 3,2 millones de libras (información de la BBC aquí).

3. Una anomalía histórica

El último motivo por el cual consideramos que el Brexit es un cisne menos negro de lo que parece es el de la historia de Gran Bretaña. Es más, la pertenencia del Reino Unido a la UE podría calificarse como una anomalía histórica si consideramos la trayectoria política de las islas durante los últimos 950 años.

A pesar de que algunos dicen que la estructura política actual del Reino Unido se remonta a los albores de la historia (el mito de la Ancient Constitution), parece comúnmente aceptado fijar en el año 1066 el comienzo de su actual forma de gobierno. Con la llegada de los normandos a las islas en dicho año se inicia un período de prolongada estabilidad, al menos en lo que a su configuración política se refiere. Los normandos pusieron en marcha una serie de medidas políticas que dieron como resultado el nacimiento del Common Law en Inglaterra y establecieron también las bases de una estructura de gobierno (basada en la monarquía parlamentaria) que ha crecido y evolucionado desde sus orígenes, pero que no ha sufrido grandes interrupciones ni ha sido sustituida desde entonces. Las guerras civiles y la república de Cromwell del siglo XVII son la otra anomalía histórica (de solo 20 años) en un período de 950 años de estabilidad. No podemos decir lo mismo del resto de los países del continente europeo, donde en el mimo período histórico nos hemos dedicado a crear monarquías absolutas, construir y derribar imperios, cambiar gobiernos, instaurar repúblicas, derrocar reyes y restaurarlos, todo ello con una velocidad frenética. Especialmente en los últimos doscientos años.

Además de esta singular estabilidad política, los británicos se han mantenido siempre orgullosos de su sistema político y jurídico, oponiéndose expresamente y de forma decidida a dejar entrar en su país cualquier innovación proveniente del extranjero que pudiera alterar su sistema y su querido Common Law. La nobleza británica rechazó enérgicamente la entrada del Derecho romano en sus islas cuando la iglesia trató de hacerlo valer (Estatuto de Merton, 1235). Desde entonces ha estado siempre proscrito. De la misma forma, rechazaron la moda europea de la codificación cuando esta se extendía imparable por el resto de Europa durante el siglo XIX. Su sistema de leyes y organización política se ha mantenido casi libre de injerencias externas durante un período cercano a mil años. ¡Casi nada!

Por eso consideramos como una anomalía el hecho de que en los años setenta del siglo pasado cedieran parte de su soberanía a la UE y admitieran que el Derecho de la Unión tenía supremacía sobre su querido Derecho interno. Pero, como la fuerza y los efectos de la legislación europea en Gran Bretaña dependen de una ley parlamentaria (European Communities Act 1972), la aprobación de otra ley parlamentaria puede hacer que las cosas vuelvan a su estado anterior a la adhesión. Hablaremos de ello en una próxima entrada.

 

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