Hace un par de semanas, los chicos de La Razón entrevistaron a Fernando y nos dieron una magnífica oportunidad para hablar de nuestra profesión y dar a conocer lo que hacemos los traductores. Estamos convencidos de que uno de los principales retos a los que se enfrenta nuestro sector no es la presión de los precios, ni la competencia, ni la traducción automática, sino la falta de visibilidad de nuestro trabajo en la sociedad. No es fácil valorar lo que no se conoce, por eso pensamos que es nuestro deber y nuestra responsabilidad hacer todo lo posible por difundir nuestro trabajo.

Reproducimos aquí el texto íntegro de la entrevista y su enlace al periódico. Aunque tiene algunos pequeños errores propios de la inmediatez periodística, pensamos que merece la pena. Esperamos que os guste.

 La Razón: 13 Mayo 12 – – José María Sánchez

“Valladolid- Si usted acaba de leer las instrucciones de su nueva lavadora de marca extranjera o ha visto una película inglesa, u hojeado el último libro número 1 en ventas en Estados Unidos, tal vez no haya reparado en ello, pero todo ello ha pasado por las manos de un traductor. Una profesión que, como nos comenta el vallisoletano Fernando Cuñado, «tiene poco reconocimiento, pero se va conociendo poco a poco».

Fernando daba el salto a este oficio hace apenas tres años. «Nunca me plantee trabajar como traductor, pero con el empujón de mi mujer decidí cambiar de rumbo y hemos creado un potente equipo de traducción». De hecho, según explica, sus trabajos de traducción -del inglés y el francés al español- han tenido por clientes a compañías como Acciona, Abengoa o bancos españoles, sin olvidar otros contratos como el que desarrollan en estos momentos para la Comisión de Derechos Humanos del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Con todas ellas se firma un contrato de confidencialidad, porque se abordan asuntos médicos, o financieros, como la emisión de acciones. «El de la traducción es un mercado en crecimiento a pesar de la crisis. La crisis no puede con los buenos traductores», recuerda Fernando, quien asegura que, «crece por encima del 10-11 por ciento anual desde 2006».

La clave: especialización

Empresas o despachos de abogados. Estos son los clientes potenciales de «R.Gámez. Legal Translation», que así se llama el negocio de traducción jurídica que Fernando y su esposa, Ruth Gámez, gestionan. «Hacemos muchos contratos y documentación administrativa a compañías, instrumentos de financiación para bancos y también abordamos el derecho de familia, como testamentos de extranjeros con bienes radicados aquí», explica Fernando quien considera que no hay muchos traductores en Valladolid. «Y eso que es una profesión que te permite vivir donde quieras gracias a las nuevas tecnologías. De hecho, más del 90 por ciento de nuestros clientes están fuera de aquí, la mayoría en Madrid», argumenta.

Ese acceso generalizado al correo electrónico, permite que se puedan recibir textos y, si son para traducción jurídica, tras convenirse el coste, se devuelvan por mensajero, con la firma y el sello obligatorio para ese tipo de documentos. Los precios, explica, se pactan, por palabra -no hay estándares para los honorarios- o por hora, si se trata de traducciones cortas o revisión de trabajos. «Valoramos tipo de archivo, plazos… todo ello se mete en la coctelera y se da un precio», asegura.

Según nos expone, su fórmula para conseguir trabajos consiste en visitar personalmente a potenciales clientes que consideran que pueden demandar sus servicios. Son, sobre todo, despachos internacionales con negocio en el exterior y empresas con departamento jurídico y cuentas en terceros países. Los particulares, son menos, locales y suelen contactar a través de internet.

Precisamente la red sirve para que estos profesionales de la traducción tengan un contacto que permite salir del aislamiento en el que muchos trabajan, si bien uno de los pliegues de la misma, las redes sociales, resultan, según Fernando, «tan sólo una tarjeta de presentación ampliada».

DE CERCA

Fernando nos atiende recién llegado de un Congreso del ramo en Bilbao. Tras doce años en áreas de márketing y ventas en otras empresas se alió con su esposa y pasó a formar parte de su «taller» de traducción. Ruth, que así se llama, llevaba diez años como traductora interna y pasó a ser autónoma en 2008, un año antes que Fernando. Ahora, pueden compaginar vida laboral con familiar a partir de una buena organización. «Nuestra jornada comienza cuando dejamos a nuestro hijo en la guardería», apunta Fernando, encargado de la gestión económica del negocio y de complementar la tarea de documentación y traducción «pura y dura» de su compañera de «oficina». Sus servicios, se encuentran en la página web www.traduccionjuridica.es/.”

 

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