¿Llevas tiempo traduciendo documentos jurídicos y sientes que te falta algo? ¿Notas que necesitas ese puntito extra de calidad que puede marcar la diferencia? ¿Sabes cómo distinguir una buena traducción de un trabajo excelente? Lee esta entrada, en ella te damos algunas pistas para lograrlo y te revelamos algunos secretos de nuestro propio trabajo.

La traducción es una profesión abierta y no regulada. No se necesita colegiación alguna para ejercer ni superar ningún examen. Al menos, en España.

Esto tiene muchas ventajas, pues se trata de un campo abierto en el que cualquiera puede aventurarse para tratar de ganarse la vida.

Nuestra profesión es preciosa y de lo más estimulante intelectualmente. Muchos profesionales de otras disciplinas se acercan a ella con ilusión y con la esperanza de cambiar de carrera.

En realidad, todo el mundo puede traducir. Basta con saber otra lengua y ser capaz de escribir en la tuya sin faltas de ortografía, ¿no? Hasta Google dice que sabe hacer traducciones, incluso jurídicas. Aunque, si quieres ver lo que sale de la cajita, haz la prueba: mete cualquier texto jurídico en otro idioma con un mínimo de complejidad y observa. Te recomendamos que tengas a mano una silla o, mejor, que te sientes antes de verlo, por si acaso.

El problema es que saber idiomas no basta para ser buen traductor. Sería como pensar que por el hecho de tener diez dedos uno puede ser pianista. La cosa es algo más difícil. Por eso, muchos son los que empiezan, pero pocos los que se abren camino.

Una cosa es poder traducir algo para que se entienda (lo que hacen Google y algún que otro traductor inexperto) y otra muy diferente es saber trasladar el mismo sentido de un idioma a otro.

En el campo de la traducción jurídica esta misión es, si cabe, mucho más complicada. Especialmente cuando el texto es complejo y está escrito para que produzca ciertos efectos. Para eso hace falta mucha pericia, mucho trabajo y grandes dosis de especialización. Si ya has empezado a trabajar en este campo sabes de lo que hablamos.

Pero no temas, poderse, se puede. Damos fe de ello. Hoy te traemos algunas claves para hacer que tus traducciones jurídicas brillen por encima del resto y que tus clientes se queden boquiabiertos.

Empecemos por lo más importante.

  1. Documéntate

Como ya sabes, el Derecho es un mundo amplísimo y bastante complejo. En él hay un montón de campos temáticos que, aunque no lo parezca, son muy diferentes. Poco tienen que ver los seguros con el Derecho procesal o el Derecho marítimo con el de familia y sucesiones, por poner solo dos ejemplos.

Por si esto fuera poco, en el lenguaje jurídico cada palabra cuenta. Los juristas utilizan el lenguaje como su principal herramienta de trabajo. La mala traducción de un término puede trastocar el significado completo de todo un documento.

Por eso, antes de abordar la traducción de un texto jurídico complejo, debes documentarte. Investiga en el campo temático de ese documento y aprende todo lo que puedas de esa rama concreta del Derecho.

Si se trata de un contrato, lee todo lo que puedas sobre Derecho de contratos y sobre Contract Law (si el documento procede de un país anglosajón). Lee, estudia y guarda en una carpeta la documentación que vayas encontrando, nunca se sabe cuándo la vas a volver a necesitar.

Consulta también enciclopedias y diccionarios, pero no te fíes al cien por cien de lo que en ellos encuentres. Aquí te decimos por qué: Tres errores a evitar en tus traducciones jurídicas.

En nuestro blog, por ejemplo, puedes encontrar toda una sección de Derecho comparado con un montón de artículos interesantes, aquí: Derecho comparado.

Intenta encontrar textos paralelos, en este caso, contratos redactados en la lengua hacia la que traduces. Esto no te debe llevar a tratar de copiar el formato o la estructura de los textos paralelos en tu traducción, eso es un grave error. Pero te ayudarán a conocer cómo son tales documentos en tu idioma, quién los lee, para qué sirven y qué complejidades encierran.

Toda esta investigación te será de una enorme ayuda. Conocerás mejor el campo del documento, tendrás mucho más clara la finalidad y el contenido de la traducción que tienes entre manos y podrás, seguramente, resolver bastantes dudas terminológicas.

  1. Corrige los errores obvios y advierte sobre los no tan obvios

Los textos que recibimos los traductores no son siempre perfectos. Uno podría esperar que un documento jurídico importante estuviera perfectamente redactado, sin faltas de ortografía, sin errores gramaticales ni lagunas de contenido. Pero esto no siempre es así.

No te queremos aburrir, pero podríamos escribir un libro con los gazapos que encontramos en los contratos, las sentencias o las pólizas de seguro que recibimos. Tal vez sea porque casi nadie lee un texto con tanta atención como un traductor.

Por otro lado, hay que ser comprensivos. Los humanos no siempre escribimos bien. Nadie lo hace. Tendemos a equivocarnos: cometemos errores, damos cosas por supuestas o cambiamos el orden de las siglas o las cifras. ¡Qué cosas!, ¿verdad?

Algunos piensan que esta es la razón por la cual la traducción automática nunca será capaz de sustituir al traductor humano. No es tan sencillo detectar un error humano mediante un algoritmo. En ocasiones, o te pones en la cabeza del redactor o no hay forma de saber lo que este quiso decir.

Algunos de los errores que encontrarás en los documentos jurídicos son bastante obvios. Errores de puntuación, una sigla que aparece siempre de una forma y sola una vez de otra, un apellido al que le falta una letra, etc.

Nosotros siempre recomendamos que corrijas los errores obvios que presentan los originales sin necesidad de molestar al cliente. Pero, cuando entregues la traducción, advierte de que has corregido tal cosa o tal otra, por si acaso.

Cuando te encuentres con errores que no son tan obvios, te sugerimos que adviertas al cliente y le consultes antes de tomar una decisión. Nadie se va a molestar por que le preguntes con educación y puedes estar evitando un problema importante que puede ser corregido, tanto en tu traducción como en el documento original.

Ante la duda, pregunta al cliente.

  1. Revisa tu traducción

Lo mismo que les pasa a los redactores nos pasa a los traductores. Tampoco nosotros estamos libres de cometer errores. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra…. Silencio.

Nosotros también nos equivocamos cuando escribimos, como cualquiera, y con frecuencia se nos pasan cosillas que pueden tener cierta importancia.

Te podríamos decir que nos han pasado las cosas más extrañas, como dejar un párrafo entero sin traducir. ¿Cómo ocurrió? Imposible saberlo. Menos mal que revisamos siempre lo traducido para evitar estas cosas y garantizar que el cliente recibe siempre un resultado perfecto.

Lo ideal es que tus traducciones sean revisadas por una segunda persona. Alguien que no seas tú. Se dice, y con razón, que somos incapaces de detectar nuestros propios errores. Estamos tan seguros de lo que hemos escrito que al revisar leemos lo que queremos leer y no lo que realmente hemos puesto.

En nuestro caso lo tenemos bastante fácil, porque trabajamos en equipo y lo que traduce uno lo revisa el otro. No sabes la cantidad de errores que se detectan de esta forma y lo mucho que mejoran las traducciones. Nuestros trabajos salen siempre traducidos por un traductor y revisados por otro.

Si trabajas en soledad puedes colaborar con un colega de quien te fíes y revisar sus traducciones a cambio de que él o ella revise las tuyas. Es una buena manera de trabajar en equipo y sentirse algo menos solo.

Si esto no es posible, te sugerimos que dejes dormir la traducción. Espera al día siguiente y lee de nuevo lo que has escrito con ojos frescos. Nuestro colega Tenesor Rodríguez-Perdomo escribió hace algún tiempo un artículo muy interesante que podría venirte bien: Propuesta de procedimiento para corregir nuestra propias traducciones.

  1. [Extra] Pide la opinión de tu cliente

Te dijimos que te íbamos a dar tres claves para que tus traducciones brillasen. Pues bien, te vamos a dar una más de regalo.

Aún después de haber revisado perfectamente el trabajo y de haber comprobado una y mil veces la traducción, la gramática y la puntuación, puede haber pequeños errores, cosas mal traducidas o términos que tu cliente prefiera de otra forma.

Siempre que sea posible, pide la opinión del cliente o de quien recibirá tu trabajo. Si quien lo recibe es, además, quien lo va a utilizar, su opinión es valiosísima. Te ayudará a mejorar enormemente tus futuras traducciones. Nuestros clientes nos han dado pistas fantásticas para realizar mejores traducciones.

Una de las cosas que nosotros tratamos de hacer con frecuencia, especialmente en trabajos muy largos, es comenzar elaborando un glosario. En él recogemos los términos que nos parecen más importantes junto con nuestras propuestas de traducción. Solemos utilizar una hoja de Excel a doble columna EN-ES. El primero o el segundo día de trabajo enviamos este glosario al cliente y le pedimos que nos confirme si nuestras propuestas de traducción le parecen correctas o si se ajustan a su forma de trabajar.

La respuesta suele ser muy positiva, pues se dan cuenta de que te implicas al máximo y que les haces participar en tu trabajo. Así coordinamos la traducción con nuestro cliente y evitamos de antemano posibles problemas. Aunque el cliente tarde algunos días en contestar, eso no debe ser un problema. Empieza a trabajar con lo que tengas y luego incluye los cambios que te hayan podido sugerir. Se trata de un pequeño esfuerzo inicial que merece mucho la pena.

Admite cualquier crítica o corrección que recibas con la mayor humildad posible. Nadie es perfecto y, aunque tú sepas mucho de traducción, es posible que tu cliente sepa mucho más que tú de contratos, seguros o matrimonios.

Créenos, el feedback de tu cliente es el mejor regalo que te pueden hacer para crecer como profesional.

 

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